Los motivos reconditos


"-¡Arggg!"
Ese ardor de cuanto te llevas piel en medio de las navajas de afeitarte, de los rastrillos en las piernas.

El hilo de sangre se va por la regadera, obviamente el ardor no se va ni con agua fría ¿vinagre? No, es muy escandaloso su olor, vamos por alcohol, le dije.
Se estremeció de los pies a cabeza. Poderosa, ella era asquerosamente poderosa, siempre lo decía.

-¿No?

Me veía con cara de perra enfurruñada, mas que molestarme, me divirtió. Le escupí en un ojo.

-Agradece que me tomo tantas molestias, pendeja.

Fui por el puto alcohol y porque no un poco de limón, una deliciosa bebida o un terrible brebaje, algo debía salir de mezclar esto.
Preciosa, la acomode en el fondo de la bañera, acostadita y desnuda, blanca. ¡Oh si! su piel era prodigiosamente blanca, la piel que tenia antes era un tanto perlada, pero no, a mi me gustaba blanca, solo que la sangre no dejaba ver bien.
Me gusta tu piel, le dije mientras mordía uno de los pedazos que le había arrancado, se volteo, su espalda perfecta.


Traía un galón completo de alcohol mezclado con limón, comencé a vaciarlo lentamente en las extensiones mas dañadas, donde se veía rebosante de sangre, lanzo el grito mas desgarrador que he escuchado en mi vida.

-¡ Cállate, me destrozas los oídos! y le pise la quijada. No quería verla muerta todavía.

-Escúchame, ahora ves que tu eres la esta en mi poder, ¿ creías que la jodida era yo?. Tu no eres poderosa, para hacer lo mismo que tu haces con tu poder, solo se necesita enseñarle el culo a los hombres. Pero prácticamente no eres tu la que maneja la situación ¿No es así?

La puse de pie a fuerza de jalarle el cabello, estaba en las ultimas, no aguantaba nada, tengo un amigo que adora afilar cuchillos y nunca pregunta nada. Le agradecí mentalmente lo suave que se deslizaba mi espada por las vísceras de esta infame.
Podía casi excitarme con su sufrimiento, la cara que estaba poniendo mientras la cortaba, no es algo que pueda explicar bien.

-Y en eso llegaron ustedes, pero la perra ya estaba muerta."


Los oficiales que me interrogaban estaban fríos con mi historia, o tal vez por la cara que ponía al narrarles cada detalle o por la facilidad con que había confesado el crimen. Le sonreí al oficial guapo que estaba frente a mi...

-Señorita, ¿porque lo hizo?

Sonreí mas ampliamente

-Eso señor oficial, no se lo confesare ni al juez.

29/03/2013

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