Relatos prohibidos: Nina y Robert

Estoy parado en la ventana del balcón, viendo como llueve sobre Londres, y debajo del segundo piso, está mi viejo café.

Por alguna razón se podía decir que este día no iba a ser como los demás, no por la lluvia, aquí siempre llueve.
Entró y las campanillas sonaron y la vi, llevo dos años contemplándola, viéndola desayunar e irse sin dejar rastro.
Ella es todo misterio toda juventud; un par de enormes ojos negros, cuerpo de espiga, cabello corto y negro, pálida como nube de otoño, con su voz ronca y su acento francés, me recuerda tanto de mi juventud.

Siempre me saluda, a veces habla, a veces solo contempla por la ventana. Repite su rutina en un vaivén de días que observo pasar tras la barra y la cocina de mi pequeño local.

Una helada noche llegó, ella nunca viene de noche, su sonrisa nostálgica me ilumina, esa nostalgia que tiene me hace sentir como si ella fuera tan vieja como yo.

Estoy deshecho. Mi último amigo ha muerto en un asilo, ella se queda y yo tengo que cerrar, se planta frente a mi y me dice "Lo veo mal, ¿quiere platicar?" mi reseco corazón no se resiste al acento sedoso del francés en sus labios. 

Nos sentamos en las escaleras que de la cocina del café van a dar a lo que es mi casa. Escucha mi historia entera, soy un viejo arrugado ya casi sin alma, mi esposa muerta, los hijos que no tuvimos y Nina mi preferida clienta francesa; me mira y lloro, ella me pregunta si puede pasar la noche en el café, le ofrezco pasar a mi casa, me alisto a dormir.

Ella toca con los nudillos la puerta de mi habitación, la invito a pasar, y me doy cuenta de que le gano con 30 o 40 años. Se sienta a mi lado y me ve y borra las huellas de mis lagrimas con sus dedos. Nos vemos largamente, cuando creo entrar en sueño, ella se sienta a horcajadas sobre mi, desabotona su camisón y lo deja caer sobre mi cama. No sé porque lo hace, se acuesta sobre mí y deposita un beso puro en mis labios.

Me siento y tomo sus senos en mis arrugadas manos, su piel tibia se eriza, la veo a los ojos y su mirada no me dice nada, la abrazo como puedo por la cintura y comienzo a saborear su piel delicada, sus pequeños senos se estremecen ante mis torpes caricias, aún hay mucho que puedo hacer con mi boca y mi lengua. 

Hurgo con mis manos entre su vello. ¿En realidad las francesas no usan bragas? No decimos nada, es un trance lastimero de vejez y juventud, encuentro sus puntos sensibles y la hago llegar. Ella no hace nada sabe que es inútil intentar que algo como yo llegue a un orgasmo con mi edad y mi soledad, esta sudada y por fin recostada en mi cama. Y lloro, se levanta y me vuelve a besar con una pureza y una increible suavidad.

Se viste y se acurruca conmigo, nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente mi ave francesa ya no está. Me levanto y en el baño puedo ver escrito en el espejo con su labial "Señor Robert, no lo quise despertar, gracias por darme asilo ojalá un día lo pueda pagar".

Estoy parado en la ventana del balcón, viendo como llueve sobre Londres, y debajo del segundo piso, está mi viejo café. Hace dos años que la puerta de mi café, Nina no ha vuelto a cruzar

Comentarios

Entradas populares